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El origen de la personalidad y sus consecuencias

El olvido de la existencia del alma es la experiencia previa que esta necesita para manifestarse como ser humano. Esto es fundamental para vivir la experiencia humana y percibirla como real, con todas sus limitaciones y circunstancias. Sin embargo, lo que no olvidamos es la conexión con nuestra esencia, el amor absoluto.

Cuando entramos en la manifestación humana con la esencia del amor absoluto, es necesario que, en un primer momento, se nos cuide y se nos proteja. Esto se ve reforzado además por el hecho de que los seres humanos somos los únicos mamíferos que nacemos en condiciones de extrema dependencia y vulnerabilidad. Durante nuestros primeros siete años desarrollamos nuestra personalidad, también llamada identidad. En esos años aprendemos e intentamos comprender qué significa ser humano. Aprendemos de las personas que nos rodean: nuestros padres, nuestra familia, etc.

Como seres humanos, tenemos que atravesar años de indefensión en los que dependemos por completo de al menos un adulto que nos cuide; en el mejor de los casos, se trata de uno o ambos padres. Aprendemos a alimentarnos por nosotros mismos, a ponernos en pie y a huir de aquello que pone en peligro nuestra vida. Experimentar esta dimensión de vulnerabilidad y, por tanto, la conexión inherente con nuestra esencia durante nuestros primeros años es de enorme importancia, ya que más adelante tendremos que volver a ella.

Con nuestro ser, nos integramos en el mundo en el que vivimos. Al crecer, suele ocurrir que tengamos que separarnos de nuestra esencia para «sobrevivir». Porque, de niños, el amor es una cuestión de supervivencia. Sin él, ningún niño puede sobrevivir. Así, desarrollamos un carácter de supervivencia que nos transmite la ilusión de recibir el amor que necesitamos de nuestra(s) persona(s) de confianza, con todas las consecuencias que ello conlleva más adelante. Nuestra personalidad, o más bien la estrategia de supervivencia que desarrollamos en este proceso, es una estructura compleja que va de la mano de los mecanismos de defensa. Son nuestros recursos para sobrevivir, que en esta etapa de nuestra vida son inconscientes, y se manifiestan de forma espontánea cuando los necesitamos.

Poco a poco, pero con seguridad, la identidad original del «yo que soy desde que llegué», pasa al ego, cuya única función es la supervivencia, a tomar las riendas. Desarrollamos un carácter, una personalidad, una identidad que, gracias a sus recursos, se siente autosuficiente y segura en un mundo en el que, sobre todo, experimentamos la ausencia de amor.

Si, por ejemplo, de niños percibimos que a nuestros padres les gusta que seamos obedientes, que traigamos buenas notas a casa y que tengamos éxito, entonces construiremos nuestra personalidad —que nos acompañará hasta la edad adulta— sobre la base de estas características. Tener éxito y no ir a contracorriente nos asegura el amor de los demás.

Hacerlo interiormente significa separarnos de nuestra esencia. Separarnos del corazón y, con ello, de nuestro ser, y anteponer las expectativas de los demás a esto.

La experiencia de no obtener lo que necesitamos es como una amenaza para nuestra existencia. Tenemos que distanciarnos de nuestra sensibilidad para no sentir el dolor.

El amor y el dolor van de la mano. La experiencia del dolor es una experiencia temprana. Si no contamos con la protección y el apoyo necesarios para procesar ese dolor, ello supone una amenaza para la continuidad del desarrollo psicoemocional. Abre las puertas a patologías (trastornos de la personalidad, psicosis) que amenazan la continuidad de nuestra integración en el mundo como personas.

Esta interrupción, esta separación, el desarrollo del individualismo, que surge de la necesidad de ocuparme de mí mismo y de mis heridas y de encontrar en ello un sentido para orientarme en este mundo, para obtener el cariño y la atención de mamá y papá, el amor y la protección que necesito.

Todo esto forma parte de un proceso de aprendizaje en el que adquirimos una identidad. Nos identificamos con lo que aprendemos y, poco a poco, nos convertimos en el personaje que hemos tenido que crear. Es decir, nos convertimos en nuestra propia historia personal.

Si este proceso ha tenido éxito, desarrollamos nuestra neurosis, que nos protege de otros riesgos. Sin embargo, en la vida adulta, esta estructura muestra sus consecuencias, sus debilidades fundamentales, que se manifiestan en las relaciones interpersonales. Cuanto más íntimas son las relaciones, más se perciben estas consecuencias. Son las dificultades para entregarnos, para confiar, para amar; la búsqueda del amor fuera de nosotros mismos y el intento de aplicar las mismas estrategias que utilizamos de niños para conseguir amor. Son elementos ilusorios de quienes creíamos ser, y de ahí surge el sufrimiento que creemos que es la vida. Porque esa es nuestra experiencia desde la más tierna infancia.

Hay muchas cosas que pueden aliviar este sufrimiento. Por ejemplo, todo tipo de dependencias: de las relaciones, de las sustancias, del trabajo, de nuestra propia imagen egocéntrica y del intento de ser cada vez más importantes. En este caso, lo que realmente nos ha quedado de la infancia es la sensación de que no somos suficientes y que, por eso, tenemos que mejorar, por ejemplo, nuestro físico y nuestro currículum, lo que hace que sea más agradable sentirnos aceptados y queridos.

Así pues, en la edad adulta, debido a este sufrimiento —si es lo suficientemente grande y no podemos aliviarlo más—, nos vemos ante la necesidad de buscar soluciones. Lo cual no es fácil, pues implica cuestionarnos a nosotros mismos y lo que hemos hecho y hemos tenido que hacer a lo largo de nuestra vida, reconocer nuestros errores y dar cuenta de las cosas que deberíamos cambiar. Se trata del colapso de nuestra personalidad en una profunda experiencia emocional, ligada a un gran miedo. El miedo a estar solos y abandonados en el mundo. Ese miedo que llevamos dentro desde nuestra infancia indefensa, de que no podemos existir sin el amor del otro, algo por lo que hemos luchado tanto con la estrategia que hemos desarrollado. Sigue siendo una cuestión de pura supervivencia. El miedo a la soledad, al frío, a que nadie nos espere al otro lado cuando todo haya terminado. Esas son las réplicas de la experiencia. El miedo a dejar de existir. Y ahora debemos abandonar esa estrategia y confiar en que se nos ama tal y como somos.

Es el primer gran despertar. Darse cuenta de que hay algo que debe transformarse en mi interior. Se descarta la proyección hacia el exterior: los responsables no son los demás, sino yo mismo. Solo yo puedo dar este paso por mí mismo, aunque no solo, sino acompañado. Un acompañamiento cariñoso y sin juicios, para descubrir, a través de la relación con otra persona adulta, que soy digno de ser amado tal y como soy.